miércoles, 26 de enero de 2011

Usted

Usted.

Para evadir el tema central de la conversación comenzaré con la descripción del día que sucumbe tras mi cabeza (ténganse en cuenta que me encuentro dándole la espalda a la ventana mientras hablo) que está un poco gris, un poco oscuro, un poco lluvioso. La tormenta que comenzó hace cuatro horas, se encuentra en su estado de reposo, cuando la lluvia golpea casi con delicadeza el techo de los autos, y es el viento quien ayuda a las gotas a chocar contra los ventanales, y en mi caso, la parte superior de mi cuello, ya que la ventana se encuentra abierta. Inclusive, si me permite, podría decirle que una de ellas aterrizó injustamente sobre una de estas palabras, generando un aura en la palabra “espalda”, aunque injustamente no se si es la palabra indicada, digamos que precipitosamente, o de manera atolondrada. En definitiva, sacando a relucir los árboles mojados, las hojas desprendidas en la vereda, y la vecina de enfrente insultando a un auto que la mojó al pasar, aprovecharé esta mínima calma celestial climática, para continuar con la evasión para que sólo una persona comprenda estos códigos. Como aquella vez en que la lluvia caía sobre su rostro y manchaba de rimel las mejillas luego de esa fiesta de disfraces. Creo que fue en Septiembre u Octubre cuando pasó eso, que sus mejillas estaban manchadas por el rimel y por algo llamado la tristeza del cielo, y no de sus propios ojos, porque no le gustaba llorar. O no podía llorar, algo así le pasaba, pero no era tan grave, simplemente le costaba afrontar las situaciones que le deparaba la vida, como la de sentir aprecio por las cosas más simples de la misma. Desde una palabra simple, un artículo y un verbo, un artículo, un verbo, un adverbio, y quizá a veces el adverbio se repetía de manera tal que uno se cuestiona qué palabra podría ir para desterrar ese infinito adverbio. Es que cuando el corazón siente duro, los adverbios y los verbos vuelan de manera indescriptible. Hasta terminar en la frialdad de no repetir los adverbios nunca más, dejar simplemente el artículo y el verbo, hasta que es simplemente un verbo que carece de belleza, porque carece de todo ello.

La simpleza de las palabras que se desgastan con el tiempo, porque las palabras son importantes en la boca de las mejillas manchadas de rimel, pero si adentro no hay nada, no hay nada. Las palabras nunca tendrán vacío, sino, livianas ante el peso de antes. Prometió no obtener más la satisfacción de antes, ni ser como antes. Pero en definitiva eso era lo que enamoraba, lo que me enamoraba. Sin dudas, cuando cayó sobre el techo del auto, la lluvia, me hacía acordar a aquella vez en la que había una medusa en el mar, y yo la veía entre agonía y felicidad, desprendiéndose de la vida, como los mejillones alimentando a alguien en Febrero, o en Octubre, ¿por qué no?

Para terminar, y que usted no se espante por mi trato tan cordial y distante, sepa que las águilas a veces vuelan muy alto, y que el océano a veces golpea fuerte, porque es profundo y azul. Que los sueños a veces son sueños, y las verdades mentiras. Que el desperdicio que cae de los azulejos de las cocinas de los restaurantes son simplemente indicios de negligencia y de vejez, y que la comida rica a veces sana el alma. Y que los besos a veces se sienten secos, porque los labios están rotos de tanto besar, o de tanto llorar, o de tanto beber, o de tanto comer, o de tanto esperar inertes en el tiempo. Que a veces los abrazos duelen porque la fuerza que impulsa el amor hace que las costillas hagan cosquillas con los músculos y que la risa se sienta en el cuerpo y no en la garganta, y que la felicidad no salga por los besos ni las miradas, sino por las lágrimas de los ojos, y la sangre que escurre tras las branquias que nos hacen respirar bajo la tristeza. Recuerde también que cuando las manos irrumpen inquietas tus manos debes apretarlas fuertemente, casi como si quisieras que formen parte de tu carne, de tus huesos, y que mis ojos, sí, estos ojos que miran tus mejillas manchadas de rimel por la lluvia bajo este día un poco gris, un poco oscuro, un poco lluvioso, caen bajo ese verbo que luego se le suma el artículo, y el adverbio, y el adverbio, el adverbio, adverbio infinito. Me cansé de darle la espalda a la ventana y hablarte, ¿vamos al balcón?

1 comentario: